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BOOK PUBLICATION - Interrelación filosófico-jurídica multinivel. Estudios desde la Interconstitucionalidad, la Interculturalidad y la In...

Apr 22, 2016

CRUEL GLOBALIZACIÓN MODERNA



La conquista y colonización americana por parte de los europeos (ya sean ibéricos, anglosajones...) fue tradicionalmente mitificada y glorificada; si bien desde hace unas décadas se la muestra en su rostro más auténtico de violencia, dominio, exclusión y exterminio. Ahora no queremos entrar en estas cuestiones, muy conocidas ya, sino que queremos destacar la vinculación que mantienen con el fenómeno de la globalización.


En un análisis magistral Jared Diamond puso de manifiesto como la llamada “conquista” americana era consecuencia (hoy fácilmente previsible) de la puesta en contacto de los dos más grandes sistemas en que se dividía la Tierra a finales del siglo XV: el americano y el euro-afro-asiático, el nuevo-mundo y el viejo-mundo. Ya entonces la práctica totalidad de las grandes civilizaciones euroasiáticas estaban inscritas en una eficaz red, a través de la cual se transmitían los grandes descubrimientos tecnológicos[1], especies vegetales y ganaderas, noticias e ideas de todo tipo, mercancías de gran valor... pero también enfermedades, con las subsiguientes defensas inmunitarias generadas por los supervivientes.


Robert Marks (2007, p. 59) destaca que efectivamente el sistema euro-afro-asiático configuraba ya en el siglo XIII una gran red global que integraba 8 zonas comerciales diversas y que funcionaba sin que hubiera una fuerza central de control y dominio. {... a pesar que} detrás de cada uno de los circuitos comerciales había un grupo predominante: los italianos en el sistema europeo, los árabes en el circuito de Oriente Medio y los chinos en el circuito de Asia oriental-, pero ninguno de esos grupos controlaba todo el sistema, {...} El mundo del siglo XIV era, pues, policéntrico: contenía varios sistemas regionales, cada uno con un ‘núcleo’ rico y densamente poblado rodeado de una periferia que proporcionaba materias primas industriales y productos agrícolas a dichos núcleos, débilmente conectados casi todos ellos a través de redes comerciales.”


No existía todavía la globalización monádica de la actualidad, ni siquiera el “sistema-mundo” que emergerá sólo después de la colonización americana y la imposición de los europeos en todos los mares. Pero ya había una importante globalización que alcanzaba a la totalidad del “viejo-mundo” (dejando de banda, quizás, la África negra). Y esta nueva red estaba bastante relacionada como para que lentamente se globalizaran los descubrimientos tecnológicos, las ideas, las enfermedades, las plantas y animales domésticos, etc. Todo ello, como veremos, dio una decisiva ventaja al viejo-mundo por encima del nuevo, cuando finalmente llegaron a chocar.


Dada la enorme superioridad lograda por el subsistema euro-afro-asiático por encima del americano tanto en complejidad, demografía, extensión, recursos
[2], etc. Diamond argumenta la alta previsibilidad del resultado de aquel choque. Fue facilitado por ejemplo por enfermedades importadas por los europeos como la viruela, el sarampión, la varicela... En general eran enfermedades que se habían convertido en crónicas pero superables en la infancia por los europeos, ya que estaban adaptados a ellas y disponían de defensas inmunológicas transmitidas de padres a hijos. En cambio, los indígenas americanos las desconocían y, por lo tanto, carecían totalmente de defensas inmunológicas transmitidas.


Así se explica que los poderosos ejércitos de aztecas, incas y otras civilizaciones americanas estuvieran profundamente diezmados antes incluso de luchar con los invasores europeos. Las enfermedades fueron más rápidas que los ejércitos y facilitaron posteriores victorias militares, las cuales –por otro lado- también dependían de ventajas de los europeos generadas a lo largo de milenios: el uso del caballo, la rueda, espadas y armaduras de hierro, armas explosivas y de pólvora, tácticas militares y de estrategia, fuerte ideologización o una agresiva religiosidad mesiánica, etc.
 

Jared Diamond (2006, p. 79) muestra eficazmente la interrelación de todos estos aspectos para explicar “Como la conquista de América por Europa fue simplemente la culminación de dos trayectorias históricas largas y básicamente independientes.” Sólo así se explica a grandes rasgos y en términos de Diamond (2006, p. 79): “el mayor cambio demográfico de la época moderna”, la colonización del Nuevo Mundo por los europeos y la conquista, reducción numérica o desaparición total resultantes de la mayoría de los grupos de indígenas americanos.”

 

Como vemos, se puede analizar este importante proceso de muy larga duración (puesto que va más allá de la primera conquista militar) en términos de las consecuencias de la globalización lograda en el siglo XV. Efectivamente, fue el nuevo nivel de globalización lo que hizo que, finalmente, entraran en contacto los dos más grandes subsistemas en qué entonces se dividía la Tierra. Diamond argumenta que había tantas diferencias de magnitud entre uno y otro, que la nueva globalización sólo se podía construir sobre el predominio (durante un tiempo considerable, pero o para siempre) del entonces más poderoso (el euro-afro-asiático) por encima del americano.


Culminando –violentamente- la globalización


Hemos visto un largo y complejo proceso que incluye la aceleración de los contactos (cada vez eran menos esporádicos e indirectos) entre las distintas redes más o menos locales y su progresiva concentración en una de mundial. De hecho el nuevo sistema-mundo moderno que teoriza Wallerstein puede ser visto como el resultado de la globalización o conversión en una, de las dos grandes redes o mundos anteriores[3]. De su enfrentamiento surgirá una nueva red, ahora ya plenamente mundial y global, y bajo hegemonía europea, que cada vez será más directa e imperial puesto que los barcos y cañones europeos se hacen presentes físicamente en todo el mundo e imponen una verdadera red mundial, un sistema-mundo.


Fue la naturaleza de este sistema-mundo el que drenó el oro y la plata de Hispanoamérica hacia la Casa de Contratación de Sevilla, y de ésta a los banqueros genoveses o alemanes que financiaban las ruinosas campañas de los emperadores Carlos V o Felipe II. Ahora bien también tendía a drenarse hacia el Oriente Lejano, pasando por el islámico Oriente Medio, porque Europa en aquella época importaba más de lo que vendía en el mundo. Sólo a partir de la Revolución industrial, que permite rentabilizar los imperios coloniales más allá de la primera y violenta expoliación, Europa fue capaz de invertir en favor suyo los grandes flujos comerciales mundiales[4].


Dentro de una ya completa globalización, que finalmente une la red euro-afro-asiática (incluyendo el África ecuatorial que también pasa a ser colonizada por los europeos) con la americana y la austral, a los europeos les queda todavía confirmar su hegemonía mundial. Europa (cada vez más inseparable de los Estados Unidos y gracias a una acelerada industrialización) se impone a los poderosos y muy poblados territorios de la India y, sobre todo, la China. Esforzándose por evitar caer en el eurocentrismo, Marks (2007, p. 97) describe así aquel momento en la pugna por hegemonizar la globalización:
Desde una perspectiva global, podemos decir que a finales del siglo XVIII se enfrentan dos mundos de organización muy distinta: el sistema mundial asiático oriental, centrado en China, y el sistema mundial euroamericano, centrado en Inglaterra.


La globalización bajo hegemonía occidental sólo culminó en tres momentos claves –ciertamente muy cercanos entre sí- en que se impuso finalmente a las tres grandes potencias que se le resistían. Por un lado, en 1857-8 cuando una gran rebelión india obliga la Gran Bretaña a tomar el control directo del India, eliminando tanto el Imperio Mogol como el gobierno de la Compañía de las Indias Orientales (en principio privada). En segundo lugar, en 1858 cuando culminan los diversos tratados impuestos al Japón por las potencias occidentales lideradas por el Comodoro estadounidense Matthew Perry y su armada. Finalmente la China, a la que Occidente vence en la Segunda guerra del Opio (1860), hasta el punto de ayudar el emperador chino a imponerse en la rebelión interna de los Taiping (en 1864).


Algunas de las consecuencias más terribles del imperialismo que entonces impuso Occidente son estudiadas por el historiador Mike Davis (2006), quién cuantifica los muertos en no menos de 30 millones de personas. Entre las causas destaca la enorme desestructuración de las sociedades colonizadas, las importantes sequías (1876-9, 1889-91 y 1896-1902), las nuevas reglas económicas impuestas por la globalización
[5] y la fría indiferencia de las potencias occidentales ante los sufrimientos de la población, que contrastaba con la rápida y brutal represión ante sus quejas. Fue entonces cuando la llamada “brecha del desarrollo” penetró en las ricas regiones agrícolas, pero también industriales y comerciales, de Asia.


La India había sido tradicionalmente la principal exportadora de tejidos, era “en 1700, el único gran exportador de tejidos que había en el mundo” (McNeill, 2004, p. 265) y
poseía la mejor industria algodonera del mundo en los siglos XVII y XVIII insuperable en cuanto a calidad, variedad y coste (Landes, 2003, p. 213).Pero en 1860 los tejedores indios ya no podían competir con los británicos, porque no tenían la energía barata ni la normalización y el control de la calidad que formaban parte del sistema de fábricas” (McNeill, 2004, p. 265). Así la India se convierte en importadora neta de tejidos ya antes de 1816, “en parte porque muchos estados indios fueron obligados a aceptar el comercio libre de productos textiles” (McNeill, 2004, pp. 266s). Como otras zonas del planeta, también la China, donde históricamente se habían construido los primeros telares de la historia humana y grandes desarrollos mecánicos, se desindustrializa por esta época y según mecanismos similares.


El resultado es una radical división económica e imperial del mundo. Por un lado, unas pocas potencias occidentales industrializadas[6]; por otro lado, todo el resto inmenso población del mundo reducida a ser fuente de materias primeras y de productos agrícolas y ganaderos. Esa globalización bajo predominio del Occidente industrializado permitió la época de máximo dominio imperalista de todos los tiempos y que duró de 1875 a 1914. Los datos macroeconómicos son absolutamente impactantes:
En 1900, un ochenta por ciento de la producción industrial mundial procedía de Europa y Estados Unidos, Japón aportaba otro diez por ciento, China contribuía con un siete por ciento e India con un dos por ciento, suma que da un total de noventa y nueve por ciento de toda la producción industrial[7]. Así pues, en los cien años transcurridos de 1800 a 1900, la situación se había invertido, de manera que Europa y Estados Unidos habían pasado a ocupar el lugar de honor que anteriormente habían ocupado India y China” (Marks, 2007, p. 200).
 



[1] Sólo hay que recordar que los grandes inventos que marcan la modernidad (como la pólvora, los cañones, la brújula magnética, el papel y la imprenta de caracteres variables) sólo serán desarrollados por europeos a partir de decisivos préstamos e influencias orientales. Naturalmente muchas veces las influencias iban en dirección contraria y, como siempre, el feed back acababa volviendo enriquecido a su punto de partida.
[2] Entre lúcido e irónico, Diamond (2006, p. 16) asocia todos estos complejos elementos que marcan la superioridad del viejo mundo por encima del nuevo con la pregunta de un indígena de Nueva Guinea que lo interrogaba sobre “¿Por qué vosotros, los blancos, desarrollasteis tanto cargamento y lo trajisteis a Nueva Guinea, pero nosotros, los negros, teníamos tan poco cargamento propio?”
[3] William y John McNeill (2004, pp. 173ss) distinguen entre dos períodos: el “Tejiendo la red mundial: 1450-1800” y el siguiente (2004, pp. 239ss) “Se rompen viejas cadenas y se condensa la nueva red: 1750-1914”. También David Christian (2005, pp. 405ss) titula el período: “La era moderna: un sólo mundo” y Huntington (2005) considera que a partir de finales del XV, con “el ascenso de Occidente” propiamente se inicia un nuevo período mundial que denomina “influencia” puesto que se rompe el relativo aislamiento de las civilizaciones, bajo el dominio occidental.
[4] Muchos datos –incluyendo la crisis que desde el 2008 ataca sobre todo Occidente- avisan que se están invirtiendo estos flujos favorables a Occidente (durante los últimos siglos). Ciertamente se basaron en una superioridad militar y tecnológica industrial que parece haberse perdido en las últimas décadas, en qué inmensas potencias emergentes como la China o la India intentan seguir -y con más fuerza- los pasos del Japón, Corea y los llamados Tigres asiáticos.
[5] Davis (2006, pp. 23s) destaca por ejemplo que “el mero interés imperial permitió que se llevasen a cabo grandes exportaciones de cereales a Inglaterra mientras había horrorosas hambrunas en la India”.
[6] Osterhammel y Petersson (2005, pp. 57ss) destacan como hitos claves de la glabalitzación entre 1750 y 1880: la hegemonía de los barcos a vapor, la apertura del Canal de Suez en 1869, el ferrocarril de costa a costa de los Estados Unidos en 1867, que hacía 1880 se podía enviar un telegrama desde Londres a cualquier lugar relativamente relevante del Imperio Británico, la “Gran depresión” que se inició en 1873 y el fin de la era del “comercio libre” entre 1846-80. A partir de 1880 y hasta 1945, Osterhammel y Petersson (2005, pp. 81ss) valoran que la globalización ya es inseparable de un “Capitalismo global y crisis globales”, apareciendo auténticos “conflictos globales” (como las guerras mundiales) a partir de 1914.
[7] Hay que destacar, pues, la terrible conclusión que todo el resto del mundo (que incluye toda Latinoamèrica, África y Oceanía) se repartía un miserable 1% de la producción industrial mundial.


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